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Adamovsky: “Vivimos en sociedades `democráticas´ en un sentido mucho más restringido”

Tadeo Boourbon

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Entrevista a Ezequiel Adamovsky*

Por Andrea Sosa Alfonzo | Fotos: Tadeo Bourbon, Andrés Álvarez, Gustavo Pantano

Hay una configuración de los discursos políticos en torno a la idea sobre qué es democracia. Pareciera que existe una buena cuando nos referimos al sistema institucional para elegir a nuestros representantes y una mala sobre las manifestaciones populares en reclamo de sus derechos negados. ¿Cómo atraviesan estos procesos los sujetos sociales y qué fuimos ganando o perdiendo a lo largo de la historia reciente?

-Cuando se dice “democracia” uno puede estar hablando de cosas diferentes. En su sentido original refiere a la facultad de un pueblo de autogobernarse, es decir, de decidir las reglas que van a regir la vida colectiva. En ese sentido sustantivo no vivimos en sociedades democráticas, ni en Argentina ni en ninguna otra parte, por la sencilla razón de que las decisiones sobre cómo vivimos las toman en buena medida el mercado e instituciones transnacionales que no controlamos. E incluso internamente hay todo un sistema de leyes cuya finalidad no es potenciar el autogobierno sino recortarlo, volverlo impotente.

Vivimos en sociedades “democráticas” en un sentido mucho más restringido: se nos permite cada tanto elegir algunos representantes con atribuciones limitadas. Es allí donde, en Argentina y en todas partes, la sociedad busca trascender ese corset mediante la protesta y la auto organización.

Desde 1983 vivimos una democracia particularmente limitada. Las decisiones de política económica, por caso, no han estado centralmente en manos de nuestros representantes. La ciudadanía en ese marco fue perdiendo sentido y allí se fueron abriendo camino otras formas de participación que con frecuencia desbordaron las instituciones. En ese marco, la rebelión de 2001 amplió notablemente el espacio de la política democrática en sentido sustantivo, justamente porque desbordó las instituciones “democráticas” en sentido limitado.

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El 2001 abrió la promesa de cambios profundos y los movimientos sociales fueron los grandes protagonistas. Pero para ser franco tuvieron limitaciones claras a la hora de traducir la energía de auto organización en una alternativa política capaz de articularse en el plano electoral. Allí fue que la crisis de legitimidad dio lugar a algo impensado que fue la apuesta de Néstor Kirchner, que buscó renegociar los términos de la relación entre Estado y mercado. Por un lado, retomó parte de los reclamos de la multitud callejera. Pero por el otro, la desmovilizó profundamente, reconduciéndola a las instituciones estatales, cooptando algunos movimientos y criminalizando otros. El balance de esa estrategia hoy podemos decir que es negativo. Es cierto que durante el kirchnerismo hubo avances reales en derechos y algunas mejoras concretas para las mayorías.

 

Pero la estrategia de reconducir la energía de la protesta de nuevo al PJ (en lugar de apoyarse en los movimientos sociales para renovar más sustancialmente la política nacional) fue un fracaso. Porque el PJ no se convirtió en una fuerza “progresista” –hoy está más que claro– y en cambio, el peso muerto que impuso a la hora de continuar y profundizar el cambio abrió el camino para que la derecha se apropiara de la bandera del cambio. Macri gana porque se presenta como abanderado del cambio, en un momento en el que el kirchnerismo había perdido la capacidad de conectar con las expectativas de cambio de la sociedad. Hoy las clases populares están en un momento de gran precariedad política: por un lado, con un gobierno decidido a desandar todas las mejoras que conseguimos desde 2001. Por el otro, con una oposición que al menos por el momento gravita en torno de un PJ que no representa un horizonte político superador.

 

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Se habla de la posverdad y vos decís que “el escenario del “mundo post-fáctico” no se entiende sin tener en cuenta el triángulo que formaron la pérdida de credibilidad de los medios tradicionales, el desafío político que significaban los alternativos y el acceso masivo a Internet y a las redes sociales”. ¿Cuáles son las claves para entender cómo nos cuentan (y construyen) los medios de comunicación el relato social?

-Estrictamente hablando las grandes empresas de medios ya no se dedican a la comunicación ni a la información, sino a otra cosa. Su negocio es vender silencio y gerenciar Ni siquiera construyen demasiado “relato”. Más bien inciden en los afectos generando climas emotivos a través de la imagen, el eslogan, la acusación banal. Hoy está claro que operan políticamente a favor del PRO (cuya comunicación es también emotiva antes que argumentativa, en eso se entienden perfectamente) y atacando al kirchnerismo. Pero quienes no somos kirchneristas tenemos tanto o más motivos de estar preocupados. Porque está claro que el complejo estatal-mediático que funciona hoy contra los k se va a poner en marcha contra cualquier otra fuerza política que consiga plantear una alternativa incluso moderadamente progresista o de izquierda. Realmente no me imagino cómo vamos a desandar la bancarrota moral completa del sistema de medios. De estos niveles de operaciones políticas y mentiras constantes no me imagino que haya regreso. La buena noticia es que la gente les cree y los consume cada vez menos. Habrá que inventar canales de comunicación alternativos.

 

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¿Cuál creés que es el eje organizador de la actualidad y cómo se articula su correlato crítico? ¿Y cómo se vincula esto con el análisis que hacés respecto de la relación entre democracia y corrupción?

-Para mí el eje para entender la realidad siempre es el de clase. Por eso traté siempre de advertir que era un error dejarse entrampar por la dicotomía kirchnerismo/antikirchnerismo. Ese fue siempre un eje inconducente. Hoy lo es mucho más que antes. Por lo mismo, tampoco condujo a nada productivo pensar la realidad en términos morales, como si todo fuese una lucha entre honestidad y corrupción. Por supuesto que la corrupción es un problema y está claro que hubo mucha en tiempos de los Kirchner. Pero posiblemente ahora haya tanto o más que antes. Y queda claro que los supuestos pilares morales de la Nación no les interesa. En este tema corresponde denunciar toda la corrupción, (y no solamente la que viene de los peronistas) pero a la vez advertir a la población que los problemas que tenemos no empiezan ni terminan con la corrupción y que se pretende conducirnos a plantear las cuestiones en términos morales justamente para escamotear las discusiones políticas. El principal enemigo de la democracia no es la corrupción, es el poder del mercado, son los empresarios y todo el enorme aparato que está en pie para que sus privilegios sean intocables. Para mí el eje fue y es ese.

 

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La desaparición y muerte de Santiago Maldonado generó reacciones contradictorias de todo el arco político así como de la sociedad. ¿Qué se puso en juego en torno de pensar a nuestra democracia desde la perspectiva de los derechos humanos? ¿Y por qué creés que la aparición de su cuerpo sin vida a pocos días de las elecciones legislativas no tuvo impacto en sus resultados?

-No tengo forma de saber si tuvo o no resultados sobre la elección. Nunca dije que no los hubiera tenido. La verdad, no lo sé. Creo que el caso Maldonado muestra hasta qué punto hay una porción de la población que está dispuesta a permitir, incluso alentar, la violencia estatal con tal de volver a un supuesto “orden” amenazado y de sostener la fe en el futuro de cambio que promete el En algún texto llamé a esta disposición “microfascismo” y me parece que amerita toda nuestra preocupación. No estamos todavía en los niveles desquiciados de fascismo que hoy se manifiestan en lugares como Brasil o EEUU pero vamos camino a eso. La única salida es reconstruir alguna política capaz de implicarnos colectivamente en un proyecto contrario al actual. Sin eso, el camino a la barbarie parece el más cercano.

 

 

* Doctor en Historia por University College London (UCL) y Licenciado en Historia por la UBA, es Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET, Argentina), es profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Tiene varias publicaciones y libros sobre historia, política y resistencias de la izquierda, entre otros: Historia de la clase media argentina (2009) y El cambio y la impostura (2017). Es integrante de diversos colectivos y redes de resistencia global y dictó cursos de formación política y conferencias en Argentina y el exterior.

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