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Jóvenes, educación y participación política. Más allá del “idealismo”

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Los modos de participación juvenil en nuestro país están presentes en la discursividad pública. De qué modos esas luchas, formatos y demandas se reactivan o recrean en la actualidad.

 

Por Marina Larrondo* | Fotos: Colectivo Manifiesto

Hasta hace pocos meses, la participación de los jóvenes en política estaba muy presente en la agenda pública y mediática.

Este interés es cíclico. La “preocupación” o el “debate” surge a partir de alguna conflictividad, por ejemplo educativa, donde los noticieros abordan, casi siempre de un modo superficial, la participación de los estudiantes. Incluso, en algunas ocasiones, aparecen contrapuntos maniqueos del estilo si “está bien” o “está mal” que los jóvenes tomen una escuela, o exijan determinadas condiciones para dialogar con autoridades.  Pareciera ser que los jóvenes tienen que legitimar siempre su derecho a participar.

Hace unos años, algunos periodistas denunciaban supuestas cooptaciones de jóvenes por parte del entonces Gobierno nacional, e incluso señalaron el adoctrinamiento político en las escuelas. La acusación de clientelismo, y con ello, la desvalorización de los intereses y creencias genuinas de los jóvenes, son ejemplos de cómo se piensa de modo negativo la participación política juvenil. Los jóvenes aparecen como “incautos”, “manipulables”, pero también como “apáticos” y “sin interés por la política” o por el contrario, son “revoltosos” o “manipuladores”. Si bien son ideas muy contradictorias, están presentes permanentemente en parte de la discursividad pública sobre la juventud y sus prácticas políticas. Y ni hablar cuando el escenario es la escuela secundaria, es decir, cuando son “los más jóvenes de todos”.

Como contracara, también encontramos otra mirada. Aquella que deposita en la juventud una esperanza incuestionada. En este caso, los jóvenes aparecen como garantía de renovación, como revolucionarios “por una cuestión hasta biológica”, como actores que cumplirán un rol protagónico per se, poseedores de una fuerza o energía únicas. Son además solidarios, emprendedores, creativos, idealistas. Todo por su propia condición juvenil.

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Si analizamos muchas de las ideas que tenemos sobre la juventud, y más aún, pensando en el vínculo entre jóvenes y participación política, seguramente encontraremos muchas de las mencionadas en la base de nuestros juicios y prejuicios, sean positivos o negativos. Quizás, para pensarlo de otro modo, tengamos que partir de otra idea: la juventud no tiene ninguna esencia, no hay ninguna característica que pueda ser adjudicada a “ser joven”. No garantiza ser solidario ni ser revolucionario, ni ser revoltoso ni impertinente, como así tampoco, predispone a la desconfianza ni a la cooptación. Ser joven o “devenir jóvenes” tiene que ver antes que con la edad biológica, con formas en que las sociedades producen juventud.

¿Qué quiere decir esto? Algo muy simple: la juventud no existió desde siempre. Fue resultado de un largo proceso y recién en el Siglo XIX se fue recortando más claramente de la mano de la masificación –relativa– de la escuela secundaria. Así, la juventud se va configurando como una experiencia que está, además, condicionada por las características de las estructuras sociales y sus condicionamientos.

Es lógico suponer que tampoco las formas de participar y de hacer política de las y los jóvenes tienen una esencia, porque como tales, son resultado de una historia dinámica, sin dudas, pero historia al fin. Los jóvenes no participan de igual modo ni convocados por las mismas causas, independientemente, de su ubicación en la estructura social, de sus trayectorias políticas familiares, de sus instituciones educativas, ciudades e iglesias.

Participación juvenil y desafíos actuales

La participación de los grupos juveniles es mucho más diversa de lo que podemos ver, por ejemplo, a través de los medios. Se da bajo modalidades muy diferentes y con distintas implicancias para la acción política. Ellos/as se expresan en múltiples espacios, además de los tradicionales, como los partidos políticos, sindicatos o incluso movimientos estudiantiles. Desde hace más de veinte años, la expresión de la voz juvenil sobre lo público, lo político y lo privado, se da a través del arte callejero, actos y movilizaciones, grupalidades basadas en intereses e identidades musicales, modos de acción colectiva que a simple vista parecen tener que ver más con lo cultural que con lo político. Sin embargo, en todas estas acciones los jóvenes están expresando sus visiones de lo social. En algunos casos, ellas confluyen con reclamos dirigidos al Estado. En otros, sus interlocutores son múltiples.

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Ahora bien, estos cambios en la participación juvenil, no significan un reemplazo o recambio de las formas más institucionales de hacer política. En nuestro país, hemos visto que además de la vigencia de espacios más informales, en los últimos años se ha incrementado la participación de los y las jóvenes en partidos políticos o centros de estudiantes. Y además, mixturando formas de expresión diversas. El caso del movimiento estudiantil secundario refleja este movimiento. En 1983, en plena efervescencia por la recuperación democrática, los secundarios crearon sus centros de estudiantes y coordinadoras de la mano de identidades partidarias: la juventud radical, la juventud peronista, el partido intransigente o la “Fede” fueron algunas de las más paradigmáticas. En los noventas, la crisis de representación de los partidos impactó en las organizaciones de secundarios: los jóvenes contestaban y renegaban de las identidades políticas tradicionales que los habían “traicionado” (Obediencia Debida y Punto Final, hiperinflación, indulto, corrupción, aumento de la pobreza y desempleo, entre otros factores). En esa oportunidad, las identidades de tipo autonomista e independiente fueron hegemónicas y llevaron adelante nuevas demandas: no sólo se expresaron en contra de la Ley Federal de Educación y las políticas neoliberales, sino que llevaron adelante la protesta en contra de la represión policial hacia los jóvenes. Los casos de Walter Bulacio y Miguel Bru fueron renombrados, pero las campañas en contra de las razzias nocturnas y el gatillo fácil, eran cuestiones claves para el movimiento secundario. Aproximadamente desde 2008 los jóvenes volvieron a referenciarse y a participar en espacios partidarios. Esto no sucedió solamente en la juventud kirchnerista –aquella que fue tan mencionada tanto para denostarla como para hiper visibilizarla–, sino también, en otros espacios políticos como la juventud del PRO, la juventud socialista y las juventudes de izquierda. Estas expresiones polìticas engrosaron la cantidad de militantes, emprendieron acciones como grupos y se hicieron visibles disputando la categoría de jóvenes en la política.  Otra vez, las organizaciones de secundarios se hicieron eco de este proceso y aparecen resonancias en el período 1983-1991.

En la actualidad, los jóvenes están viendo recortados o avasallados algunos derechos. Hace pocos días personal policial irrumpió en una escuela de Gran Buenos Aires, al mismo tiempo que, se multiplican las denuncias de abusos policiales contra los jóvenes pobres y aparecen denuncias sobre la no continuidad de planes educativos vinculados a la distribución de libros o computadoras. En contra de un consenso elaborado durante décadas en torno a la condena al Terrorismo de Estado, se levantan voces negacionistas e incluso vinculadas a la teoría de los dos demonios. La bandera de los derechos humanos y en particular la memoria de  La noche de los lápices ha sido, desde el retorno democrático, una constante para las organizaciones de estudiantes secundarios. Además, el negacionismo no es una cuestión que afecta al pasado, sino que construye presente, es decir, cómo pueden ser visualizados los jóvenes y sus prácticas militantes hoy por algunos sectores.

Con todo ello queremos concluir dos ideas. Por un lado, la Argentina de hoy muestra un escenario donde aparece una acumulación de experiencias, trayectorias colectivas, memorias de formas de participación juvenil que mixturan formas más autónomas e informales con modos más “institucionales” de participar políticamente. Lo que podemos esperar hoy de los militantes secundarios no remite tanto a qué deberían hacer  por ser jóvenes, sino a ver de qué modos esas luchas, formatos y demandas se reactivan o recrean –o no– en una nueva coyuntura, donde pareciera haber amenazas muy concretas para el cumplimiento de ciertos derechos fundamentales.

 

 

*Es Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de General Sarmiento. Magíster en Educación por la Universidad de San Andrés y Licenciada en Sociología por la Universidad de Buenos Aires. Investigadora asistente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) con sede de trabajo en el CIS-IDES/CONICET. Integrante del Grupo de Derechos Humanos y Ciudadanías del CIS IDES/CONICET. Integrante del Equipo de Estudios en Políticas y Juventudes del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la UBA. Docente de del profesorado de Sociología de la UBA.

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