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Los charrúas de Maciá

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La comunidad charrúa en Entre Ríos tiene una historia de postergaciones. La lucha por recuperar la memoria y la identidad.

Por Gustavo Sirota.

Las calles polvorientas del barrio San Roque nos reciben bajo un sol que desdice el mes de abril. Allí, donde las últimas casas señalan el límite sur de Maciá, nos esperan algunos de los miembros de la comunidad Gue Guidai Bera, que significa, reflejo de la luna en el agua. Hoy es una de las 17 comunidades de la etnia charrúa que hay en Entre Ríos, entre las que se destaca también Pueblo Jaguar, etnia madre en la zona, la cual fue
reorganizada por Rosa Albariño y Etriek.

Entre las 18 viviendas del Programa Federal de Vivienda y Mejoramiento del Hábitat de Pueblos Originarios y Rurales que fueron destinadas a esta
comunidad, está la casa de María Celia Saucedo, la Taita, cacique del grupo.

Taita por descendencia, nieta del anterior cacique, tiene 46 años y entona su relato de recuperadas prácticas ancestrales, con postergaciones y carencias de un presente que aún los condena a la invisibilización y a la pobreza.

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La organización fuertemente matriarcal que aún conservan, mantiene la lengua madre y el fuego vivo de la identidad, pero la Taita aclara: “Somos dualidad, siempre vamos de a dos”. También la acompaña Latarej o vocera, pero si “no pueden estar cualquiera de las dos”, asumen las suplentes, las Ukay Sam o mujeres segundas en autoridad. Sin embargo, la confianza también está depositada en la sabiduría de la autoridad máxima de la  comunidad, un Consejo de Ancianos que toma las decisiones en asamblea.

Los charrúas sobrevivieron en la provincia a la segunda política de exterminio de mediados de siglo XIX. La primera fue iniciada con la conquista de América del Sur. De acuerdo al último Censo Nacional de 2010, sólo en la provincia hay 676 habitantes descendientes del pueblo Charrúa.

Asentados en el territorio del que fuera el Quillá Charrúa, conviven alrededor de 85 familias, junto a otros pobladores. Sin embargo la
pertenencia continuó la lucha de décadas de opresión y discriminación: “Nosotros estuvimos antes que Maciá, pero tuvimos que demostrar que estuvimos antes”. Fue el Consejo de Ancianos el que aseguró la ubicación exacta de “cada hermano, cada clan o familia”. El relato de la Taita hoy afirma el reclamo por la tenencia de las tierras donde vivían sus ancestros, antes de que se levante en 1898, la estación del ferrocarril que da nombre a la localidad.

OLVIDOS Y POSTERGACIONES

De los 6.180 habitantes de Maciá, unos 500 pertenecen al pueblo nación charrúa. María Luján Saucedo tiene 27 años. Terminó el secundario con título de bachiller y trabajó en el hospital local como facilitadora de salud. En su vivienda, donde el piso de tierra se confunde con la precariedad de las paredes de chapas y plástico que la recubren, vive junto a sus cuatro hijos.

Las deudas del mundo colonizador aún persisten en el acceso a la vivienda y la violencia doméstica. El mundo laboral de la sociedad patriarcal
moderna también somete a la mujer indígena y según Saucedo “se hace más difícil” porque “tenés que hacer trabajos matándote por poco”. La opción es
“comes o te vestís, no tenes otra”, aclara.

El reflejo de la opresión del mundo machista que las rodea se cuela en sus cuerpos y las “muchas madres solteras” son el resultado del “abuso y aprovechamiento” de hombres de “otro sector económico y social” de la ciudad.

HACIA ADELANTE, EL FUTURO

El proyecto socio productivo de huerta comunitaria se articula en conjunto entre la comunidad, el Programa de Médicos Comunitarios de la Facultad de Ciencias de la Salud y el Programa Salud Para Todos de la Facultad de Bromatología, ambas de la UNER. Mirta Murillo y Cristina Possidoni, integrantes de los Programas, aseguran que “trabajan 14 personas en la huerta” ubicada en “un predio que es de la comunidad y que ellos mismos encontraron”. El objetivo fue que esto “se transforme en un espacio donde puedan agregar valor a lo que producen y venden”, aseguran.

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A este proyecto también se sumó el Hospital “Falucho”, que cedió predios para la consolidación de nuevos horizontes laborales. Incorporaron plantas medicinales “para que no se pierda eso” que forma parte de la identidad de los pueblos originarios, sostiene Carlos Palomeque, uno de los integrantes de la comunidad.

“Es difícil ser charrúa, decirlo, te discrimina”, asegura con dolor. Pero la insistencia en la revalorización de la identidad se transforma con el “orgullo de nombrar a mi abuela, a mi mamá” y en la afirmación de un presente que es hijo de la resistencia.

El futuro se traduce en la dignidad y en un grito de lucha, en “una vivienda digna” para no estar más “en un galpón o en un ranchito”, en que los chicos “tengan el derecho de sentarse a la mesa y comer con sus padres” o “ir a la escuela” sin ser discriminados por decir soy charrúa. Después de 300 años de opresión, la Taita reclama que sigue en vigencia “el derecho de ser indio, de decirlo”.

RECUPERAR PRÁCTICAS, CEREMONIAS Y SÍMBOLOS

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Recuperar sus prácticas y ceremonias es parte de la lucha contra el olvido y la marginación a la que fueron sometidos por “los blancos”. La Taita de pies descalzos, porque calzarse impide el andar y consiste solo en una obligación, habla con la fonética ronca que distingue a su lengua. Las ceremonias “no se hacen más como antes en el monte que es el templo nuestro, así como los blancos tienen la Iglesia, porque no queda más monte” para este pueblo de cazadores, recolectores y pescadores. También la simbología charrúa está presente en su bandera. Los cuatro números que integran la bandera “dividen las cuatro etapas de la cosmovisión charrúa: la anterior a la llegada de los extranjeros, la del arribo de éstos, la conquista o la matanza (que ya debería estar llegando a su fin) y la última y definitiva del equilibrio, entre nosotros y con la naturaleza, que pide a gritos un cambio”.

 

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